Hoy salimos a una hora un poco más decente… pero sin pasarnos, que tampoco hay que perder las buenas costumbres. En unos veinte minutos estábamos ya en la frontera con Turquía. Bueno, en la cola para la frontera, que es donde empieza realmente la aventura.
Carril izquierdo para coches, derecho para camiones. Nosotros en el de coches, avanzando poco a poco, muy poco a poco. Hora y media hasta llegar a la primera caseta, la de salida de Grecia. Tiempo suficiente para observar, bostezar, cambiar de postura y volver a bostezar. Más lento que un paseo sin olores.
A partir de ahí todo fue bastante fluido. En unos quince minutos más ya habíamos pasado el puente que conecta los dos países, cruzando el río Evros, que hace de frontera natural. Es curioso ese momento: un puente normal, sin nada especial… pero lo cruzas y ya estás en otro país, con otro idioma, otras normas y, lo más importante, otros olores.
El control turco fue rápido y sin complicaciones, y en nada ya estábamos oficialmente dentro.
Primera parada obligatoria: gasolinera. Y aquí sí, alegría. El diésel a 72 liras, más o menos 1,45€. Bastante mejor que los dos euros de Grecia. Papi Edu respiró tranquilo, que llenar el depósito aquí duele bastante menos.
Los empleados eran majísimos. Muy amables y con mucha curiosidad por la camper. Se acercaron a mirar con interés la estructura en la caja de la camioneta y Papi Edu les abrió la puerta para que vieran el interior. Yo supervisando la visita, claro, que esto es mi casa también.
Luego hicimos una parada rápida en un supermercado y seguimos en busca de sitio para comer y dormir. Pero claro, es domingo. Y domingo en Turquía significa: día nacional de picnic y barbacoa.
Todo lleno. Parques, áreas, aparcamientos… familias por todas partes, mesas, humo de parrillas, niños corriendo. Ambiente por todos lados, pero cero tranquilidad. Así que seguimos tirando.
Hicimos unos cien kilómetros más, pasando Tekirdağ, siempre con el mar cerca, hasta que encontramos un sitio que nos gustó. En la costa, con bastante espacio. También había familias con sus barbacoas, pero aquí al menos no estábamos apretados como sardinas.
Nos instalamos, dimos un paseo corto y dejamos que el día fuera bajando poco a poco. Y lo mejor vino después: al caer la noche, todo el mundo empezó a recoger. Uno a uno, coches fuera, barbacoas apagadas… y de repente, silencio. Nos quedamos solos. Otra vez el mar delante, sin ruido, sin gente. Solo nosotros.
Buen primer día en Turquía. Ha empezado con cola, pero ha acabado como nos gusta.
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