frontera
Los militares kazajos nos escoltaron como a diplomáticos, pero la bienvenida rusa incluyó un tercer grado que casi me hace confesar dónde escondo mis chuches.
Un Kremlin, una frontera de lo más animada con un militar con alma de psicólogo y dos valientes en moto camino a Nueva Zelanda. Dejamos atrás Rusia para pisar el séptimo país de la expedición y el número 40 en mi cuenta perruna.
Un campamento espontáneo a un metro de mi almohada, el temido escáner de rayos X y un formulario que parecía un jeroglífico. Cruzar la frontera rusa se convirtió en un juego de paciencia infinita donde los militares resultaron ser más majos que las pesetas.
Hora y media de cola, cruce de puente y bienvenida con diésel barato. Todo lleno de barbacoas… hasta que cae la noche y nos quedamos solos frente al mar. Buen estreno.