Dormimos bien, pero poco. Nos acostamos sobre la una, hora griega, y a las seis y media ya empezó a sonar la interfonía como si el barco estuviera en llamas. Que había que dejar el camarote. Así, sin cariño. Demasiado temprano para cualquier ser vivo con dignidad.
Papi Edu tenía desayuno en el autoservicio prepagado, pero claro, todavía no estaba abierto. Así que decidió aplicar la estrategia “ahora no me muevo ni aunque venga el capitán en persona”. Yo me quedé en el camarote, bien colocado, mientras él esperó a que abrieran, desayunó tranquilo y luego ya desalojamos.
Llegamos puntualísimos a Igumenitsa y poco después de las nueve ya estábamos bajando con el coche. Salimos rápido del puerto y de la ciudad y nos metimos en la autovía hacia el este. Por cierto, pipicán en el barco no encontramos. Misterio. Yo aguanté toda la noche como un campeón, pero en cuanto tuvimos ocasión salimos de la autovía y paramos. Primera parada técnica: patas, estiramiento y asuntos importantes. Todo en orden.
Las autovías (peajes) en Grecia están bastante bien, así que avanzamos rápido. Nos desviamos hacia Metsovo, que en el mapa pintaba interesante. No llegamos a parar, pero nos metimos con el coche por el pueblo… y madre mía. Calles estrechas, curvas sin fin y cuestas que parecían diseñadas para cabras con experiencia. Más giros que un perro intentando pillarse la cola. Al final conseguimos salir sin perdernos del todo, que ya es bastante victoria. Volvimos a la autopista y un poco más tarde encontramos un sitio cerca de la carretera, con bastante basura, pero útil para comer en la camper. No era bonito, pero cumplía. A veces el plan es simple: parar, comer y seguir.
Después nos desviamos otra vez, ahora para ver el Gefiri Portitsa, un puente de piedra en medio del parque natural Ethniko Parko voréias Pindou. Bajamos con el coche hasta casi el puente y ahí la cosa ya se puso interesante. No es solo el puente, que ya de por sí tiene su gracia con ese arco de piedra tan antiguo, es dónde está. Justo en la entrada de un cañón estrechísimo y profundo, con paredes que suben a lo bestia como si alguien hubiera partido la montaña en dos. El río pasa por abajo, encajonado, y todo tiene ese aire de sitio remoto donde no llegan ni los perros con más curiosidad del mundo ni los turistas despistados. Yo estuve mirando el agua un rato, pero sin acercarme demasiado, que uno es valiente pero no tonto.
Después seguimos un poco más hacia el norte y cerca de Grevena encontramos sitio para dormir junto al río Haliacmón. Naturaleza total, sin nadie alrededor y con buen espacio. Estamos sobre grava, así que cuando el río crece esto se debe inundar, pero ahora está tranquilo.
Papi Edu ha sacado el dron y ha grabado el sitio, así que luego veréis las vistas desde arriba. Yo ya he hecho mi inspección y todo en orden. Buen sitio para pasar la noche, así que aquí nos quedamos.
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