Hoy nos lo hemos tomado con calma. Muy con calma. El sitio donde dormimos al lado del río era demasiado bueno como para salir corriendo. Sol, tranquilidad, agua cerca… vamos, que arrancar rápido habría sido un error de principiante. Así que desayuno sin prisas, paseíto, mirar el río un rato como si entendiéramos algo… y cuando ya nos sentimos suficientemente relajados, arrancamos.
Pusimos rumbo noreste, hacia Tesalónica, aunque sin intención de entrar. Carretera fácil, buen tiempo y pocos dramas. En unas dos horas, más o menos ciento cincuenta kilómetros, llegamos a una playa al sur de la ciudad. No sabemos muy bien cómo se llama, pero nosotros la hemos bautizado como Korinos, que suena importante.
El sitio tiene su encanto. Un aparcamiento bastante amplio, una pequeña iglesia plantada en medio como si alguien la hubiera dejado ahí por despiste, y otra autocaravana más. Y delante… playa infinita. Kilómetros hacia un lado, kilómetros hacia el otro. De esas que te hacen pensar que podrías correr recto todo el día y no cruzarte con nadie.
Y luego está el Monte Olimpo al fondo, hacia el sur. El mismo que subimos hace dos años y medio. Ahora cubierto de nieve, como si alguien le hubiera puesto azúcar glas por encima. Impresiona verlo desde lejos, aunque yo prefiero admirarlo desde aquí abajo, que subir cansa más que perseguir una pelota cuesta arriba durante una hora. Salimos a caminar por la playa. Media hora de paseo con la pelota en acción. Yo corría, frenaba, volvía, la enterraba, la desenterraba… lo típico. Más energía que un cachorro con tres cafés encima.
En todo ese rato solo nos cruzamos con una pareja alemana. Bueno, alemana a medias, porque él era originalmente griego. Tenían un vehículo rarísimo, como un quad gigante, pero con pinta de coche pequeño. Algo entre juguete caro y máquina de exploración. Muy curioso. Papi Edu se quedó hablando con ellos un buen rato. Yo aproveché para observar desde una distancia profesional. Hablaron de varias cosas, pero sobre todo de la cantidad de basura que hay en la playa. Y es verdad. Está llena de plásticos que llegan del mar: botellas, trozos de cosas, zapatos… de todo. Pero no es una basura “sucia”. No huele, no da asco directo. Es más bien como si el mar hubiera decidido redecorar la playa con cosas que nadie pidió. Raro.
Seguimos un rato más por la playa. Papi Edu intentaba relajarse y tomar el sol, pero claro, conmigo eso es complicado. Yo me puse a enterrar y desenterrar la pelota justo al lado, lo que acabó con la toalla llena de arena. Y Papi Edu también. Sin querer, claro. Bueno, un poco queriendo.
Cuando el sol empezó a bajar, volvimos hacia a la cámper. Aquí la costa mira al este, así que la puesta es sobre tierra, lo cual es un poco raro, pero tiene su punto. Detrás de la playa hay una zona natural tipo pantano, justo al lado del aparcamiento. Resultado: mosquitos. Muchos. Más de los que uno puede gestionar con dignidad. Tuvimos que refugiarnos en la camper bastante rápido, porque aquello era peor que intentar dormir con una mosca en la oreja. Pero bueno, dentro estamos bien. El sitio es tranquilo, hay espacio y la playa ahí delante lo compensa todo. Así que aquí nos quedamos a dormir. Arena, mosquitos y Monte Olimpo de fondo. No es mal combo.
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