Hoy fue uno de esos días que ya al despertarte sabes cómo van a ir. Llovía. No una lluvia épica ni cinematográfica, no, una lluvia gris, constante y con mala intención. De esa que te quita las ganas de todo, incluso de mover una oreja. Así que Zaragoza se quedó donde estaba y nosotros también. Ni ganas de explorar la ciudad, ni por el tiempo ni por pura y bendita pereza, que a veces también hay que honrarla.
Pasamos toda la mañana dentro de la cámper. Papi Edu a lo suyo, yo a lo mío, que básicamente consiste en dormir, vigilar y volver a dormir, pero con responsabilidad. Incluso comimos allí mismo sin movernos del sitio, porque para qué salir si ya lo tienes todo a mano y fuera hace un día que invita más a manta que a aventuras. La cámper estaba calentita, el ruido de la lluvia tenía algo hipnótico y el mundo exterior podía esperar perfectamente.
A mediodía el tiempo empezó a mejorar un poco. No es que saliera el sol a pedirnos perdón, pero al menos dejó de llover y el cielo pasó de enfadado a simplemente antipático. Fue entonces cuando Edu tomó una decisión que a mí me pareció muy sensata: Zaragoza ya la veremos en otra ocasión. Hoy no apetecía ciudad, semáforos ni aceras mojadas. Así que, sobre las tres, arrancamos y cogimos la autovía hacia el oeste.
Rodamos unos ochenta kilómetros y pasamos por Borja y subimos al Santuario de la Misericordia, que está en lo alto de un altiplano con vistas abiertas por todos lados. Es un lugar muy querido por la gente de Borja, un espacio de romerías y celebraciones, y también un sitio tranquilo cuando no hay nadie. Allí arriba está la ermita del Calvario, sencilla y solitaria, rodeada de paisaje y viento, mucho viento.
El sitio aparece en Park4night y entendí rápido por qué. Es amplio, abierto y con unas vistas que, en un día menos salvaje, deben de ser espectaculares. Hoy, en cambio, hace un frío serio y sopla un viento que te despeina hasta los pensamientos. Pero aquí entra en juego la ciencia camper. Orientamos bien la cámper, con la proa mirando al viento, encendimos la calefacción y, de repente, dentro estábamos en la gloria. Fuera puede estar rugiendo el mundo entero, que a mí me da igual.
Aquí nos vamos a quedar a dormir. Arriba del todo, con el viento golpeando y la noche cayendo pronto, mientras dentro reina el calor, el silencio y esa sensación tan buena de haber elegido justo el sitio correcto para un día feo. Porque incluso los días grises, bien llevados, también cuentan como aventura.
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