Aparcar en Zaragoza fue misión imposible, pero a cambio hubo bocadillo de calamares, calles llenas de vida, una basílica gigantesca con una virgen diminuta y un final perfecto en lo alto de un tossal tranquilo donde dormir a gusto.
Zaragoza
Hoy me he perdido entre cascadas, escaleras y túneles en el Monasterio de Piedra. Mucha agua, muchas patas cansadas y un monasterio que a Edu le supo a poco. Al final, autovía, noche cerrada y cama en Medinaceli.
Dormimos con viento que aullaba más que yo, despertando a papi Edu para pelear con la calefacción. Luego niebla, Tarazona que parece Italia, un sanatorio abandonado que da yuyu y un escondite perfecto junto a un embalse oscuro.
La lluvia y la pereza nos dejaron atrapados en la cámper toda la mañana, pero al subir al Santuario de la Misericordia el viento rugía afuera y la calefacción nos convirtió el interior en un refugio perfecto.
La niebla nos retuvo, la ciudad nos puso a prueba y la gasolina casi se nos escapa. Un día sin turismo, pero lleno de pequeñas aventuras y decisiones improvisadas.
Hoy cumplo once años en Zaragoza. Por la mañana hay Belchite y caminos largos. Por la tarde pastel perruno, una vela con el once y un regalo nuevo. Día completo, vida completa.
Hoy paseé por un pueblo congelado en la guerra, exploré una Pequeña Rusia en silencio absoluto y presencié una ducha libre que nadie había pedido. Acabamos durmiendo entre pinares, con la historia aún oliendo a piedra vieja.
Un monstruo de acero plantado junto al río, ruinas que asoman como recuerdos y un final perfecto a orillas del Ebro. Hoy viajamos despacio, con frío, viento y muchos pusis vigilando cada paso.