Por la mañana arrancamos y en menos de diez minutos ya estábamos en Göynük. Aparcamos en pleno pueblo y, como buenos exploradores profesionales, empezamos subiendo. Porque claro, si hay colina, se sube. Es ley.
Primera parada: la Torre de la Victoria, Zafer Kulesi. Está arriba del todo, vigilando el pueblo como un perro pastor pero sin moverse. Subimos la cuesta y, oye, mereció la pena. Vistas de Göynük entero, con sus tejados, sus casitas y ese aire tranquilo que dan ganas de quedarse un rato sin hacer nada… cosa que dominamos bastante bien.
La torre es curiosa, de madera, alta y estrecha, como si alguien la hubiera estirado desde arriba. No es medieval ni nada así, la construyeron a principios del siglo XX para celebrar victorias del Imperio Otomano. Vamos, una torre con espíritu de “hemos ganado y lo celebramos con buenas vistas”.
Bajamos y nos pusimos a callejear. El pueblo es muy agradable, con casas otomanas bien cuidadas, calles limpias y ese ambiente de sitio donde no pasa nada… pero en el buen sentido. La zona del hammam y la mezquita nos gustó mucho, con una pequeña plaza en un parque que parecía sacada de un catálogo de “vida tranquila”. Todo muy bonito, sin agobios, sin prisas. Así sí.
Volvimos al coche y rumbo a Mudurnu. Una horita de curvas y paisajes de los que hacen que Papi Edu conduzca contento y yo vaya mirando por la ventana como si entendiera algo. Y antes de llegar… apareció aquello.
Burj Al Babas.
Desde lejos ya parece raro. Un montón de castillitos iguales, uno al lado del otro, como si alguien hubiera jugado demasiado al copiar y pegar. Todo vallado, con su vigilante en la puerta, que claramente está ahí para evitar que entren curiosos, aventureros… y seguramente perros con demasiadas preguntas.
Seguimos hasta Mudurnu, repostamos y luego buscamos un sitio para parar. Encontramos uno muy bueno al otro lado de la colina que da justo al valle de Burj Al Babas. Comimos en la camper y luego tocó excursión: subir la colina. Y desde arriba… espectáculo.
Burj Al Babas es básicamente una ciudad de castillos pequeños, más de setecientos en total, todos iguales, todos muy juntos. La idea era hacer un complejo de lujo, pero el proyecto se quedó a medias y ahora parece más bien un decorado abandonado de una peli rara. Algunos están terminados, otros a medias… y todos con ese aire de “esto no salió como esperábamos”.
Papi Edu sacó el dron para grabar. Y ahí se notó el tamaño del sitio. El dron se fue a 800 metros y aún no se veía el final. Vamos, más grande que el entusiasmo de un cachorro cuando oye “pelota”. Y eso ya es decir.
Además hacía viento, así que pilotar no era tan fácil. Yo, desde abajo, supervisando. Si se cae, lo recupero… bueno, lo intento.
Luego volvimos a la cámper y pasamos la tarde tranquilos. Sitio perfecto: sin viento, protegido y con vistas. Había una familia haciendo picnic, pero se fueron antes del atardecer y nos dejaron el sitio casi para nosotros. Luego llegaron algunos coches más, pero se quedaron lejos. Nada de molestias. Todo en calma.
Así que aquí dormimos. De un lado, tranquilidad total. Del otro, una ciudad fantasma llena de castillos repetidos. No sé quién tuvo la idea, pero desde luego… más raro que un gato pidiendo jugar a la pelota.
Añadir nuevo comentario