La noche en el pantano iba camino de ser perfecta hasta que la naturaleza decidió meterle picante. De madrugada salí a hacer mis asuntos y zas… zorro. A unos cinco metros de la cámper. Cinco metros, que en unidades perrunas es “esto ya es personal”. Activé el modo alarma con ladridos nivel defender Troya versión deluxe. Papi Edu y tito Joan también lo vieron, así que no era una película mía ni un mal sueño con cola. El zorro nos miró con cara de “qué perro más intenso” y se fue caminando, sin correr ni nada, como si aquello no fuera con él. Yo volví dentro inflando el pecho. Guardia nocturna completada, pantano a salvo. Luego, paz total hasta la mañana, como si nada.
Salimos a mediodía, sin prisas y sin dramas, y en diez minutos estábamos en Alange. Aparcamos cerca del lavadero antiguo, que estaba cerrado, igual que el balneario. Pero da igual, porque el sitio tiene encanto del bueno, del que no hace ruido. Alange es un pueblo tranquilo, de paseo fácil, de los que te dicen “relaja el rabo y disfruta”. El balneario impone desde fuera, muy serio él, con cara de llevar siglos viendo pasar gente. Viene de época romana y sigue funcionando, aunque esta vez solo lo saludamos desde fuera.
Paseamos por el pueblo con calma, vimos la iglesia de Nuestra Señora de los Milagros y luego subimos al mirador del Cristo. Buenas vistas del pueblo y del embalse, viento agradable y ese silencio que te rasca la cabeza por dentro. Allí mis humanos se pusieron a charlar con una pareja de Algeciras que viajaba en autocaravana. Gente maja, conversación de las que fluyen solas y alargan la parada sin pedir permiso. Yo mientras tanto hacía de estatua vigilante y experto en escuchar sin entender.
Volvimos a la cámper y pusimos rumbo a Mérida. Unos veinticinco minutos y ya estábamos aparcados gratis, que era domingo, en una calle junto al río Guadiana. Desde allí fuimos andando hasta la Plaza de España, el centro del centro. Terraza, sol, ambiente y comida. Mucho jamón, pero no para mí. Tema sensible. Pasamos página.
Después arrancó el paseo histórico. Primero el puente romano sobre el Guadiana. Largo, sólido, impresionante y todavía en uso. De esos sitios que te hacen pensar que antes se construía con paciencia y sin mirar el reloj. Luego vimos la Alcazaba por fuera, fortaleza árabe del siglo IX, plantada junto al río y reaprovechando restos romanos, porque aquí nada se tira, todo se recicla con estilo.
Seguimos caminando hasta el Acueducto de los Milagros. Y sí, es un señor acueducto. Alto, elegante, lleno de arcos que parecen no acabar nunca. Nos quedamos un buen rato mirándolo, que es imposible no quedarse embobado, incluso para un perro con prisa por oler cosas nuevas.
De ahí fuimos hacia los teatros romanos con mucha ilusión… y mala suerte. No entramos y desde fuera no se veía casi nada. Chasco colectivo, asumido con dignidad viajera. Bajamos entonces al Templo de Diana, en pleno centro y rodeado de edificios. Muy guay. Columnas enormes, bien conservadas, imponiendo respeto en medio del jaleo urbano. Papi Edu y tito Joan entraron por turnos porque yo no podía pasar. Una señora muy habladora se ofreció a hacernos una foto y acabó contándonos medio Mérida. Guía espontánea, simpática y con verbo para rato.
Volvimos a la cámper con sensación de día bien mascado y en menos de media hora llegamos al pantano de Proserpina. Hay varios puntos marcados en Park4night y algunas cámper ya colocadas, pero seguimos hasta el final del camino y encontramos un sitio aún mejor. No estaba en Park4night, era más tranquilo, con mejores vistas y mucha intimidad. Como esos huesos buenos que nadie ha descubierto todavía.
Dimos un paseo corto al atardecer por la orilla del pantano. Luz bonita, agua tranquila y silencio del que se escucha. Perfecto para cerrar el día. Nos quedamos a dormir allí. Cena en la cámper, película y yo roncando antes de que acabara la primera escena. Día largo, bien exprimido y sin más zorros. Y que así siga.
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