Hoy arrancamos sin prisa, que es una manera elegante de decir que salimos sobre las once y media con cara de domingo aunque no lo fuera. Papi Edu decidió que subir al pueblo y luego bajar a la autovía era de personas normales, así que optó por cortar camino por pistas de tierra. Spoiler: no era un atajo. Era una aventura. De esas que empiezan con “esto seguro que sale” y acaban con el coche balanceándose y yo con las orejas en modo radar. Aquello se fue complicando poco a poco, curvas, baches, más barro del esperado y algún “esto no estaba en el mapa”. Resultado: tardamos más que yendo por asfalto, pero nos lo pasamos mejor, que también cuenta. Incluso pasamos por Santiponce, rozando el monasterio de San Isidoro del Campo, que hoy ni miramos porque los lunes descansa hasta la historia.
En Sevilla habíamos quedado con un amigo de Tito Joan, pero antes tocaba el deporte extremo del día: aparcar. Papi Edu pensó en La Macarena, nuestro antiguo barrio, donde siempre hay milagros pequeños. Dimos vueltas, muchas, y cuando ya parecía imposible… aparcamos justo delante de la puerta del piso de papi Carlos. Yo no necesité GPS, sabía perfectamente dónde estaba. Subimos a dar abrazos y lametones, charlamos un rato y luego nos fuimos andando hacia el centro.
Media hora de paseo después llegamos a la tienda de ropa de novias de nuestro amigo Carlos, en la calle Cuna. Mucha tela bonita, risas y yo vigilando que nadie se llevara nada raro sin oler antes. Cuando el hambre humana empezó a rugir, nos sentamos en una terraza de la plaza de Santa Marta. Buen tiempo, algo de frío a la sombra y un “mini” flamenquín que de mini tenía poco. Yo, como siempre, gestionando miradas intensas por si caía algo.
Volvimos al coche y regresamos al Aljarafe mientras el cielo se ponía serio. Entonces papi Edu soltó una frase peligrosa: “vamos a tomar un café en IKEA”. Error clásico. Entramos a por café y salimos con un sofá cama encargado para el piso de Berga. Yo creo que IKEA tiene un hechizo o algo. Aun así, el café cayó y los tres dimos una vuelta por la tienda. Yo aprobé mentalmente varios sofás, aunque nadie me preguntó.
Después cruzamos a Tomares, aparcamos en un sitio de Park4Night y fuimos a ver a Tito Mariola y tito Miguel. Y aquí viene lo bueno: Mariola me está haciendo un jersey de crochet a medida. Nada de tallas estándar, esto es alta costura perruna. Me midieron el cuello, el pecho, las patas… parecía una sesión de sastrería canina. El jersey ya va tomando forma y es precioso, aviso. Mientras tanto, los humanos cenaron con Mariola y Tito Miguel y yo supervisé todo desde el suelo, que es mi oficina habitual.
Sobre la medianoche nos despedimos y caminamos cinco minutos hasta la camper. El sitio es urbano, sí, pero tranquilo por la noche, que es lo que importa. Cerramos el día cansados, contentos y con la sensación de haber hecho muchas cosas sin correr demasiado. Y aquí nos quedamos, roncando, soñando con pistas imposibles, flamenquines gigantes y jerseys que aún no puedo estrenar pero ya presumo.
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