Una estepa infinita, camellos saludando en la cuneta y cementerios que parecen pueblos en miniatura. Estrenamos las carreteras de Kazajistán con un internet que vuela, pero metiendo la camper en un laberinto de barro justo antes de acampar entre desconocidos.
aparcamiento (urbano) 🅿️🏙️
Una pelea de bar macarra a cuatro patas, el río Volga desbordado y un GPS que decidió tomarse unas vacaciones. El viaje por Rusia se convirtió en una yincana digital donde comunicarse con el mundo exterior requirió técnicas de espionaje del siglo pasado.
Una ciudad entera desaparecida bajo el agua, carreteras imposibles entre montañas y una estatua gigantesca de Atatürk vigilando Artvin desde las alturas. Y acabamos durmiendo entre plantaciones de té y teleféricos voladores.
Trescientos kilómetros, una siesta épica y una misión imposible: encontrar dónde dormir. Entre señales, normas nuevas y poco campo útil, hoy tocó improvisar hasta el final.
Salimos tarde y acabamos metidos en una ruta 4x4 que no era ningún atajo. Sevilla nos regaló abrazos, flamenquines gigantes, un café peligroso en IKEA y hasta un jersey perruno a medida. Día completo sin correr.
La niebla nos retuvo, la ciudad nos puso a prueba y la gasolina casi se nos escapa. Un día sin turismo, pero lleno de pequeñas aventuras y decisiones improvisadas.
La lluvia nos despertó antes de tiempo y no nos dio tregua en todo el día. Entre limpiezas a chorro, paisajes sin chispa y un pueblo llamado La Fouillade, descubrí que hasta los días grises pueden tener su encanto.
Entre castillos medievales, duchas gratis y barreras imposibles, terminé el día como un rey perruno vigilando un aparcamiento junto a un cementerio.
La noche fue un concierto de viento y lluvia que nos echó de la cama sobre ruedas. Al día siguiente, entre baños marinos, paseos por bosques y un final poco glamuroso, viví mil aventuras.
De cuevas solitarias a la Calzada del Gigante, pasando por un puente carísimo y unas chinas que gritaban “I-AR-SAT” mientras yo posaba como modelo. Día redondo para un perro explorador.
Hoy nos dejaron sin la ruta de los acantilados, pero encontramos un sendero al faro de Blackhead, casitas de colores que casi me dejan bizco y un nuevo rincón junto al mar para dormir.
Una caminata épica hasta la cascada más alta del Reino Unido, barro hasta las orejas, vistas que no vimos y un baño con sorpresa… de miches. Y todo para dormir en un puerto sin encanto, pero con estuario.