Día 193:

 

Miraflores de la Sierra – Colmenarejo

La Pedriza a pata, lluvia puntual y final tranquilo en el bosque

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Hoy empezamos el día sin prisas, que es como mejor se empieza casi todo. Antes incluso de arrancar, después de desayunar y desperezarnos bien dentro de la cámper, dimos un pequeño paseo por el bosque hasta la Fuente del Cura. No es ninguna fuente monumental ni sale en postales, es básicamente un grifo rodeado de piedras, mesas y pinos, pero tiene ese aire de área recreativa tranquila donde a un perro le apetece olfatear cada rincón como si fuera importante. Luego volvimos al coche y, sobre las doce, pusimos rumbo al sur.

Pasamos por Soto del Real sin detenernos y llegamos a Manzanares del Real, donde aparcamos en el centro de visitantes de La Pedriza. La idea era clara, ver La Pedriza, aunque la realidad logística es menos romántica. Entre las diez de la mañana y las cuatro y media de la tarde restringen el acceso en coche para controlar el aforo, así que tocaba lo que los humanos llaman caminar un poco y yo llamo una excursión en toda regla. Más de cinco kilómetros hasta arriba, con algún que otro desvío porque la ruta no está precisamente bien señalizada, y al final, tras una hora y media larga, llegamos al aparcamiento de La Pedriza.

El camino, eso sí, fue lo mejor del día. Senderos entre pinos, rocas gigantes con formas rarísimas y bastante gente, quizá más de la que nos gusta, pero aun así muy disfrutable. La Pedriza es famosa por su paisaje granítico, con enormes bolos de piedra modelados por la erosión durante millones de años, y eso se nota sobre todo mientras vas caminando entre ellos. Arriba, siendo sinceros, nos llevamos una pequeña decepción. Nos esperábamos grandes campos abiertos llenos de piedras redondas y espectaculares, pero lo más bonito ya lo habíamos visto durante la subida.

Aun así seguimos un poco más, caminando más allá del aparcamiento hasta el Puente del Francés. Allí sí que mereció la pena parar, hacer fotos y mirar el río, porque el entorno es muy bonito y el agua le da otro carácter al paisaje. Después, en aproximadamente una hora, bajamos de nuevo hacia el coche, esta vez por la carretera, porque el sendero ya lo conocíamos. Arriba empezó a caer una llovizna fina, nada serio, pero justo cuando nos subimos al coche se puso a llover con ganas, como si el cielo hubiera estado esperando ese momento exacto.

Seguimos en coche hacia el oeste y paramos en Alpedrete para hacer compras en Mercadona. Yo me quedé vigilando el coche mientras papi Edu iba a por provisiones, y ya que estábamos allí, al lado, cayó un menú Whopper en el Burger King, porque las excursiones también abren apetitos humanos muy específicos. Después continuamos y miramos un posible sitio para dormir junto al embalse de Valmayor. El lugar no nos convenció, poco encanto y demasiada actividad, con pescadores y movimiento que no invitaban al descanso perruno.

Dimos un paseo por la zona y una foto rápida del puente del Tercio siglo XVIII que cruza el embalse, un puente moderno, funcional, sin misterios históricos, pero resultón en foto. Decidimos movernos un poco más y buscar algo más tranquilo. Quince minutos después encontramos un sitio perfecto, el aparcamiento de la ermita de Nuestra Señora de la Soledad, cerca de Colmenarejo. Es grande, de grava y barro, rodeado de naturaleza, con solo un camión camperizado más y silencio del bueno. Aquí estamos ahora, recogidos, tranquilos y listos para dormir, que después de piedras, kilómetros y lluvia, no se le puede pedir mucho más al día.

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