Subir un millón de escaleras bajo el sol para ver siete letras gigantes en una colina es la última ocurrencia de mis humanos, pero al menos la ruta nos regaló un escondite salvaje a la orilla del río.
en plena naturaleza 🌲
Mis humanos por fin están desarrollando un instinto decente para encontrar rincones con sombra, aunque sigan asintiendo como muñecos de salpicadero cuando les hablan en un idioma que no entienden.
Mi paciencia de bodeguero tiene un límite, y ese límite se mide en el olor a masa rellena de carne mientras a mí me toca vigilar el patio.
Mis ojos han vuelto a su ser gracias a la medicina láctea kazaja y hemos cambiado los mosquitos fluviales por un bosque con picnic humano incluido.
Una horda de mosquitos kazajos mutantes intentó devorarme los ojos, pero mis humanos me salvaron usando la alta tecnología de una bolsa de smetana fría.
Los vaqueros de la estepa han cambiado los caballos por las dos ruedas y yo he descubierto que un bosque es el mejor escudo del mundo cuando a la naturaleza le da por soplar.
Paseamos horas por Karaganda y me enteré de que en esta ciudad los cosmonautas celebraban sus viajes espaciales dándose baños de espuma.
Los humanos me dejaron encerrado vigilando nuestro palacio con ruedas mientras ellos se iban a meter en una antigua cárcel rusa, demostrando una vez más que sus ideas de turismo son de lo más extrañas.
Los humanos se empeñan en entrar a edificios con formas raras mientras yo descubro que el mejor diseño arquitectónico del mundo es una cámper aparcada junto a un charco gigante.
El arte de la siesta perfecta, reparaciones de supervivencia y una interrupción oficial. Nos declaramos en huelga de coche (otra vez) en nuestro edén de Damsá y recibimos la visita de las fuerzas del orden mientras Papi Edu "oficinaba" al aire libre.
Una lección de civismo escolar, un desvío de cuatro kilómetros por la estepa profunda y una invasión de moscas mutantes que nos obligó a huir a toda pastilla. Al final, el satélite nos guio hasta un nuevo oasis secreto.
Una tregua de asfalto bajo la sombra de los pinos, un paseo entre pájaros y un valiente humano sumergiéndose en aguas polares. Nos declaramos en huelga de coche y disfrutamos de un merecido segundo round en nuestro paraíso.