cámper
Mis humanos por fin están desarrollando un instinto decente para encontrar rincones con sombra, aunque sigan asintiendo como muñecos de salpicadero cuando les hablan en un idioma que no entienden.
Los militares kazajos nos escoltaron como a diplomáticos, pero la bienvenida rusa incluyó un tercer grado que casi me hace confesar dónde escondo mis chuches.
Mi paciencia de bodeguero tiene un límite, y ese límite se mide en el olor a masa rellena de carne mientras a mí me toca vigilar el patio.
Mis ojos han vuelto a su ser gracias a la medicina láctea kazaja y hemos cambiado los mosquitos fluviales por un bosque con picnic humano incluido.
Una horda de mosquitos kazajos mutantes intentó devorarme los ojos, pero mis humanos me salvaron usando la alta tecnología de una bolsa de smetana fría.
Los vaqueros de la estepa han cambiado los caballos por las dos ruedas y yo he descubierto que un bosque es el mejor escudo del mundo cuando a la naturaleza le da por soplar.
Paseamos horas por Karaganda y me enteré de que en esta ciudad los cosmonautas celebraban sus viajes espaciales dándose baños de espuma.