Una horda de mosquitos kazajos mutantes intentó devorarme los ojos, pero mis humanos me salvaron usando la alta tecnología de una bolsa de smetana fría.
Los vaqueros de la estepa han cambiado los caballos por las dos ruedas y yo he descubierto que un bosque es el mejor escudo del mundo cuando a la naturaleza le da por soplar.
Paseamos horas por Karaganda y me enteré de que en esta ciudad los cosmonautas celebraban sus viajes espaciales dándose baños de espuma.
Los humanos me dejaron encerrado vigilando nuestro palacio con ruedas mientras ellos se iban a meter en una antigua cárcel rusa, demostrando una vez más que sus ideas de turismo son de lo más extrañas.
Los humanos se empeñan en entrar a edificios con formas raras mientras yo descubro que el mejor diseño arquitectónico del mundo es una cámper aparcada junto a un charco gigante.
Un error mecánico de los que cuestan billetes, un maratón cultural bajo la pirámide de Astaná y un paseo nocturno junto al río. Cerramos el día con los humanos culturizados y la Navara con el aceite correcto.
El gran reencuentro con Tito Joan, un templo colosal en el amanecer y un maratón de patitas entre rascacielos futuristas y conos de oro. ¡Astaná nos ha dejado con la boca abierta!
Un día de colada con rescate de efectivo, hamburguesas locales y un cambio de aires estratégico. Nos mudamos al aparcamiento del aeropuerto para esperar el gran reencuentro de mañana.
Un adiós forzoso al paraíso, un monumento ecuestre en la autovía y una charla overland vía traductor. Cruzamos el contraste radical de Astaná, pasando de los bloques grises a los rascacielos hipermodernos.
El arte de la siesta perfecta, reparaciones de supervivencia y una interrupción oficial. Nos declaramos en huelga de coche (otra vez) en nuestro edén de Damsá y recibimos la visita de las fuerzas del orden mientras Papi Edu "oficinaba" al aire libre.
Una lección de civismo escolar, un desvío de cuatro kilómetros por la estepa profunda y una invasión de moscas mutantes que nos obligó a huir a toda pastilla. Al final, el satélite nos guio hasta un nuevo oasis secreto.
Una tregua de asfalto bajo la sombra de los pinos, un paseo entre pájaros y un valiente humano sumergiéndose en aguas polares. Nos declaramos en huelga de coche y disfrutamos de un merecido segundo round en nuestro paraíso.