Un campamento espontáneo a un metro de mi almohada, el temido escáner de rayos X y un formulario que parecía un jeroglífico. Cruzar la frontera rusa se convirtió en un juego de paciencia infinita donde los militares resultaron ser más majos que las pesetas.
in de vrije natuur
Una mole de piedra digna de gigantes, una carretera que marea solo de verla en el mapa y nieve en pleno mayo. La marcha hacia el norte continuó entre camiones lentos y túneles que parecen sacados de una película de terror.
Un termómetro en zonas prohibidas, un mes de ropa sucia dando vueltas y un fajo de rublos conseguido en un callejón oscuro. Cruzar a Rusia requiere superar un gymkana de humanos que casi nos deja sin aliento.
Una escalera colgada de una roca que daba vértigo solo de mirarla y una ciudad encajonada en un valle lleno de cabinas flotantes y cables oxidados. El viaje por Georgia continuó entre herencia soviética y un escondite secreto azotado por el viento.
Hoy la camper se siente un poco más grande y silenciosa porque Tito Joan ha puesto rumbo a casa, pero Papi Edu y yo hemos ahogado las penas entre hormigón soviético y un escondite de altura.
¿Os ha pasado eso de llegar a un sitio y sentir que ya habéis olido ese árbol antes? Pues hoy hemos tenido un déjà vu con olor a huevos podridos, policías con prisas y un prado de los que quitan el sentido.
El viento nos echó de la plantación de té y empezó una mudanza nocturna sin plan fijo. Frontera con sorpresa incluida, Batumi lleno de contrastes y un final con pasteles, velas y cámper en calma.
Sobrevivimos a otro “atajo” de Papi Edu entre nieve, curvas y montañas. Acabé haciéndome famoso en un museo perdido y casi dormimos al lado de un río con alarma de inundación incluida.
Cruzamos un puerto de montaña cubierto de nieve, casi me congelo las patas haciendo fotos heroicas y acabamos durmiendo escondidos en una cantera. Glamour viajero nivel Chuly.
Subimos hasta tumbas reales excavadas hace más de dos mil años en la montaña de Amasya. Luego llegó uno de esos días de carretera larga, fuentes infinitas y dormir sin saber aún dónde hemos acabado.
Hoy exploré un castillo gigante sobre Amasya, paseé entre casas otomanas junto al río y mis humanos acabaron siendo lijados y aplastados en un hammam turco. Yo preferí vigilar la camper.
Descubrimos una ciudad enterrada de gigantes, puertas de piedra vigilando el pasado y un santuario secreto en la roca. Yo iba siguiendo olores, pero acabé viajando en el tiempo con mis humanos.