Dormir aquí fue directamente jugar la final de la Champions del pernocte. Uno de esos sitios que te hacen estirar las patas al despertarte y pensar: no nos movamos nunca más. Tan bueno que Papi Edu lo añadió a Park4night, que es como ponerle una medalla oficial al sitio.
Por la mañana Tito Joan y yo nos fuimos de paseo por la orilla del embalse. Yo revisando el tablón de anuncios olfativo y él mirando el agua con cara de “qué bien vivimos”. Mientras tanto Papi Edu recogía la cámper con esa calma zen que solo aparece cuando no has oído ni un coche ni un humano raro en toda la noche.
Salimos a una hora decente y pusimos rumbo norte por la N-seiscientos-treinta. Qué carretera, de verdad. Vacía, silenciosa y tan bien asfaltada que parecía recién planchada. Más de sesenta y cinco kilómetros y nos cruzamos con cuatro coches contados. Yo iba pensando que igual era domingo perpetuo o que habíamos entrado en una dimensión paralela solo apta para gente tranquila y perros felices.
Aparcamos gratis en un barrio residencial de Cáceres, muy cerca del centro, y nos lanzamos a explorar a pie y a pata. Cáceres es de esas ciudades que no hacen ruido pero te miran muy fijamente. El casco histórico es Patrimonio de la Humanidad y se nota, porque está increíblemente bien conservado. Calles de piedra, torres, palacios y sensación constante de que en cualquier esquina va a aparecer un caballero medieval pidiendo wifi.
Empezamos por el jardín del Museo Casa Pedrilla y el Museo Guayasamín. No entramos a los museos, pero el jardín ya merece la parada, con esculturas repartidas entre árboles como si estuvieran charlando entre ellas. Luego nos metimos de lleno en la ciudad antigua.
Pasamos por el Parador, que ocupa un antiguo palacio y tiene pinta de que ahí se ha dormido gente muy importante y muy seria. Vimos la Torre de Mérida y tramos de la muralla almohade, construida en el siglo doce, cuando a los muros no se les pedía estética sino aguantar invasiones.
El Palacio y la Torre de las Cigüeñas es uno de mis favoritos, porque sigue teniendo cigüeñas de verdad arriba, como si nadie les hubiera dicho que los tiempos han cambiado. El Palacio de los Golfines de Abajo impresiona bastante. Ahí se alojaron los Reyes Católicos y se nota que no iban con mochila ligera.
Pasamos también por el Convento de San Pablo, silencioso como un gato al acecho, y llegamos a la plaza de San Jorge, donde está la estatua del santo cargándose al dragón. Yo miré al dragón con respeto profesional. Luego la Concatedral de Santa María de Cáceres, sobria por fuera y poderosa por historia.
Cruzamos el Arco de la Estrella, que es la puerta más famosa de la ciudad y que se llama así por una virgen que hay encima. Dicen que es el punto más fotografiado. Después la Torre de Bujaco, que fue torre defensiva, prisión y hasta torre del reloj. Vamos, que ha tenido más trabajos que yo trucos para pedir comida.
Llegamos a la Plaza Mayor, grande, abierta y llena de vida. Ahí los humanos comieron en un Cien Montaditos. Yo, como siempre, nada, manteniendo la tradición de la injusticia gastronómica.
Seguimos hasta la plaza de San Juan, donde está la estatua de Leoncia Gómez, la vendedora de periódicos. Tiene cara de saberlo todo antes que nadie, como yo cuando oigo abrir una bolsa de patatas.
Volvimos al coche atravesando la parte más moderna de Cáceres por la avenida de España, amplia y agradable, sin romper el encanto de la ciudad. Ya en la cámper, cinco minutos hasta una fuente para llenar el depósito de agua y luego quince o veinte más hasta el embalse de Guadiloba.
El embalse es tranquilo, rodeado de naturaleza y con varios rincones perfectos para dormir junto al agua. No hay nadie más. Silencio absoluto, frío del bueno y estrellas prometiendo espectáculo nocturno. Dimos un paseo corto por la orilla antes de recogernos.
Y ya lo de siempre que tanto me gusta. Calefacción encendida, cena humana, película en la pantalla grande y yo hecho una bolita perfecta. Pensando que Cáceres no solo se visita, se saborea despacio.
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