Hoy hemos amanecido en Barletta, en un descampado justo enfrente de una iglesia. El sitio no era precisamente un spa de silencio: trenes pasando, campanas marcando el tiempo como si no hubiera mañana… pero oye, hemos dormido bastante bien. Yo, al menos, he caído como un tronco. Cuando uno viaja, duerme donde puede, que esto no es un hotel de cinco huesos.
Por la mañana nos metimos en el coche y entramos en el tráfico de Barletta. Caótico es poco. Aquello era más desordenado que un grupo de gatos intentando ponerse de acuerdo para cruzar la calle. Aun así, conseguimos aparcar cerca del centro, casi tocando la costa, y nos lanzamos a explorar a pie.
El casco antiguo es de esos que parecen un laberinto hecho sin plano. Calles estrechas, edificios con historia y mucha vida. Mucha. Ropa tendida por todas partes, balcones llenos, gente hablando desde una punta a otra de la calle… todo muy vivido, nada de decorado.
Entramos por la Porta Marina, que es como una puerta antigua que te da la bienvenida al lío bueno. Luego vimos el Colosso de Barletta, una estatua enorme de un señor romano muy serio, que parecía estar vigilando todo el barrio. Yo lo miré un rato por si se movía, pero no. Muy quieto. Sospechoso.
También pasamos por la Basilica Cattedrale Santa Maria Maggiore, que es grande, sólida y con pinta de llevar ahí toda la vida viendo pasar perros como yo. No entré, pero desde fuera ya imponía bastante.
Seguimos callejeando sin rumbo claro, que es como mejor se ven estos sitios. Y llegamos al castillo de Barletta. Está dentro de una especie de parque muy bonito… donde los perros no somos bienvenidos. Muy feo eso. Así que lo vimos desde fuera de la valla. Yo hice lo que pude, que fue mirar con cara de “esto también es mío”, pero no coló.
Después volvimos al coche y nos fuimos hacia la costa. Paramos un rato en la playa y ahí sí, momento de felicidad máxima. Corrí como un loco, dando vueltas, acelerando sin motivo, frenando en seco… lo típico. Más vueltas que un perro persiguiendo su propia cola, pero en versión profesional.
Luego seguimos bajando hacia el sureste. Cerca de Giovinazzo paramos otra vez, comimos y descansamos un poco en la camper. Yo aproveché para una siesta rápida, que nunca está de más.
Pasamos por Bari y tocaba repostar. Y aquí viene el drama del día. El diésel está carísimo, unos 2,20€ el litro, y lo hemos visto aún peor. Según Papi Edu, culpa de guerras y líos de humanos importantes. Yo no entiendo mucho de eso, pero sí sé que pagar eso por llenar el depósito duele más que pisar una piedra descalzo.
Encontramos una gasolinera a 1,99€, pero no quedaba diésel. Maravilloso. Al final dimos con otra en la SS16 al mismo precio. Misión cumplida, pero con sufrimiento.
Ya era tarde, pero aún queríamos ver una cosa más: Polignano a Mare. Aparcamos cerca del centro, en zona de pago pero razonable, y fuimos a explorar. El sitio es una pasada. Casas blancas colgando directamente sobre un acantilado, justo encima de una cala de agua azul. Muy espectacular.
El pueblo tiene callecitas pequeñas, muy juntas, llenas de tiendas de souvenirs y restaurantes. Muchísima gente, muchísimo movimiento. Parecía Venecia… pero sin canales, sin góndolas y con más heladerías. Muy turístico, sí, pero aun así nos gustó. Tiene ese punto bonito que compensa el caos.
Estuvimos más de una hora dando vueltas, mirando rincones y esquivando gente, y luego volvimos al coche. Nos alejamos un poco de la costa y subimos hacia el interior, hasta un área de picnic cerca de Cisternino.
Llegamos ya de noche, así que de vistas, nada. Sabemos que hay mirador, pero lo veremos mañana. Hay otra camper, gente que viene y va, no es súper tranquilo, pero tampoco molesta.
Así que aquí estamos. Aparcados, con el día ya hecho y listos para dormir. Mañana toca despertarse y ver qué hay ahí fuera… que con un poco de suerte será algo más interesante que un árbol de hierro en medio de un barco.
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