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Matilla de los Caños del Río – Nava de Roa

Salamanca entre piedras doradas, frío y hornazo fallido

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Salimos del paraíso a las once y media. Y digo paraíso porque el sitio había sido fantástico, tranquilo, de esos donde hasta yo bajo las orejas y respiro hondo. Por la mañana hacía frío del que se te mete en los bigotes, pero según avanzaba el día el tiempo se fue animando y el sol intentó asomar tímidamente, como diciendo “no prometo nada, pero lo intento”.

Unos 25 minutos más tarde aparcamos en Salamanca, al lado de la Iglesia Nueva del Arrabal. Desde allí empezamos a caminar y cruzamos el puente romano, que es de esos sitios donde tienes que fingir que no te impresiona nada aunque por dentro estés pensando que eso lleva ahí más tiempo del que yo llevo oliendo farolas. Desde el puente ya se ve la catedral como si Salamanca se hubiera organizado para que no se te olvide dónde estás.

Pasamos por la Casa Lis, que es donde está el Museo de Art Nouveau y Art Déco. El edificio es una pasada, con su fachada de hierro y vidrieras de colores, muy elegante, muy modernista. Desde fuera ya se nota que dentro hay cosas finas y delicadas, o sea, nada que tenga que ver conmigo. Aun así, me quedé un rato mirando los reflejos en los cristales, que también cuenta como cultura.

Salamanca tiene dos catedrales pegadas una a la otra. La Vieja es románica, más bajita y recogida. La Nueva es enorme, gótica y renacentista, de las que te hacen levantar la cabeza hasta que te cruje el cuello. Los humanos siempre buscan el famoso astronauta en la fachada, yo busco palomas. Cada uno tiene sus aficiones.

Habíamos quedado con dos amigos de Tito Joan, Carlos y Silvia, y allí nos encontramos. Carlos conoce Salamanca como yo conozco los arbustos de mi barrio, así que hoy tocó visita guiada de las buenas. Paseamos sin prisas, escuchando historias, detalles y anécdotas, y eso siempre hace que una ciudad te caiga mejor.

Salamanca tiene un casco histórico muy bien conservado, todo del mismo color de piedra dorada, la famosa piedra de Villamayor. Eso hace que el centro se vea armonioso, elegante y muy universitario. Aquí manda la Universidad, que es una de las más antiguas de Europa, y se nota. Hay más edificios universitarios que iglesias, y eso le da un aire distinto a otras ciudades históricas. Mucho estudiante, mucha vida aunque las terrazas estaban vacías.

Llegamos a la Plaza Mayor, que es enorme, preciosa y muy animada. Allí entramos en un bar donde los perros podemos entrar, lo cual automáticamente sube el sitio varios puntos en mi ranking personal. Además hacía un frío horrible en la calle, así que se agradecía estar dentro, calentitos y tranquilos, tomando algo y charlando.

Después fuimos a ver la famosa tienda de Zara de la calle Zamora, que está instalada dentro de la iglesia de San Antonio el Real. Es un ejemplo curioso de cómo se puede meter un edificio moderno dentro de uno histórico sin cargárselo. La estructura original sigue intacta, las bóvedas están ahí arriba, y debajo tienes ropa doblada y focos modernos. Yo no entiendo de moda, pero reconozco que el sitio impresiona.

Luego subimos con Silvia a su despacho. Trabaja en pleno centro de Salamanca. A mí me pareció un sitio serio y respetable, así que me porté como un señor perro educado, que también sé hacerlo cuando toca.

Después de despedirnos de Silvia y Carlos volvimos al coche. Sobre el camino los humanos compraron hornazo, que es algo típico de Salamanca. Es como un bollo relleno de cosas ricas: embutido, lomo, chorizo, jamón… todo junto, todo contundente. Lo iban a probar más tarde. Condujimos unos kilómetros a las afueras de la ciudad, para calentar el motor y el habitáculo. Cuando paramos en un aparcamiento, los humanos empezaron a comer el hornazo con ilusión… y la ilusión duró poco. No estaba nada buen: más seco que el Sáhara en verano. Fue uno de esos momentos incómodos en los que nadie quiere ser el primero en decir “pues esto no vale nada”. Total, que se quedó media pieza sin terminar y yo ni me molesté en pedir.

Y entonces tocó carretera. Unos 180 kilómetros sin parar. Cogimos la autovía porque iba paralela a la nacional y el tiempo se estaba poniendo muy feo. Empezó a llover y a nevar con ganas, de esas que te hacen agarrarte un poco más al volante aunque vayas recto. Incluso había aviso amarillo por nieve, por si alguien dudaba de que el día iba en serio.

Sobre las seis llegamos a un área de picnic bajo los pinos, en Nava de Roa. Un sitio muy tranquilo, bonito, rodeado de árboles y silencio. Aquí nos vamos a quedar a dormir. Calefacción encendida, cena sencilla, película de fondo y yo ya enroscado en mi canasta, escribiendo esto con un ojo abierto y otro medio cerrado. Rutina de noche perfecta.

Ermita de Nuestra Señora del Cueto ( Matilla de los Caños del Río) Salamanca Nava de Roa

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