Por la mañana, antes de salir, Papi Edu sacó el dron. Hay sitios que desde abajo están bien, pero desde arriba quedan mucho mejor, sobre todo los embalses, que parecen ordenados y tranquilos, justo lo contrario de lo que suele ser la vida dentro de una cámper. Mientras él hacía fotos aéreas, yo vigilaba desde tierra firme, que alguien tiene que asegurarse de que ningún dron se lleve por delante a una gaviota imaginaria.
Salimos un poco antes del mediodía y nos metimos en una tirada larga de coche, unas dos horas y media casi sin parar. Solo hicimos una parada para cargar agua en una fuente que no conocía el concepto de “chorro moderado”. Aquello salía con tanta fuerza que llenar el depósito fue casi una prueba de resistencia. Yo miraba desde lejos, por si acaso.
La ruta nos llevó por Las Hurdes, una comarca montañosa del norte de Extremadura, muy verde, muy cerrada y con carreteras que serpentean porque no les queda otra. Durante muchos años fue una zona aislada y todavía se nota en el paisaje y en los pueblos, pequeños, encajados y muy tranquilos. Bonito todo, pero con curvas para aburrir.
Tantas curvas que Google Maps decidió animar un poco más el día y nos mandó diez kilómetros hacia un sitio para luego decirnos que diéramos la vuelta. Papi Edu respiró hondo, Tito Joan confirmó que íbamos bien y yo me agarré mentalmente a la canasta, que es mi manera de participar en la navegación.
El último tramo hasta La Alberca fue una subida con varias curvas cerradas seguidas, como si alguien hubiese diseñado la carretera con un sacacorchos. Pero llegamos sin problemas, que aquí se conduce despacio y con cabeza, y además Papi Edu se viene arriba en estas situaciones.
Antes de bajar al pueblo comimos en la cámper y justo entonces empezó a llover. Primero suave, luego con más ganas, como diciendo “ahora salís si os atrevéis”. Y claro, nos atrevimos. Paraguas, chubasqueros y yo con mi cara de “esto no estaba en el plan”.
La Alberca está en la Sierra de Francia y es uno de esos pueblos que parecen sacados de otro siglo. Casas de madera y piedra, calles empedradas y todo muy recogido. Fue el primer pueblo de España declarado Conjunto Histórico Artístico, y se nota que se lo toman en serio. Vimos la plaza, la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción y dimos unas vueltas rápidas, porque la lluvia, el viento y el frío iban ganando por goleada.
En unos treinta minutos estábamos suficientemente mojados y convencidos, así que volvimos a la cámper y pusimos rumbo al norte, hacia Salamanca. Antes de llegar encontramos un sitio perfecto para dormir, al lado de la Ermita de Nuestra Señora del Cueto, en mitad de la nada. La ermita está rodeada de encinas y de toros, que nos miraban con esa cara de “aquí dormimos nosotros primero”.
Hace bastante viento y sigue lloviendo, pero con la cámper bien orientada no molesta demasiado. Dentro estamos calentitos con la calefacción encendida. Los humanos preparan la cena, luego toca película o serie, y yo ya estoy enroscado en mi canasta, escribiendo esto y pensando que, con lluvia o sin ella, hoy también ha sido un buen día de ruta.
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