Dormimos al lado del parque Olivar del Zaudín en Tomares, tan tranquilos, tan confiados, tan perrunamente ajenos a la casualidad. Porque resulta que justo al otro lado del parque, pero JUSTO, viven ahora Tito Jan y Tita María, en su piso nuevo, recién estrenado, con olor a pintura fresca y a vida por ordenar.
Papi Edu le escribió a María un mensaje inocente, de esos que no buscan lío: "estamos en un pueblo que se llama Tomares". María pensó que era una broma, una de esas nuestras, pero no. Quince minutos después estábamos llamando al timbre de su piso. Hacía dos años que no nos veíamos y eso se notó en los abrazos, en las risas atropelladas y en las frases que empezaban por no te vas a creer lo que nos ha pasado.
El piso es nuevo desde hace tres semanas y está en ese estado precioso del caos honesto. Sobra un frigorífico, falta una mesa, hay cajas que no saben si quedarse o huir, pero el sitio es muy bonito y ya se nota que será casa de verdad. La alegría de vernos flotaba en el aire. Yo hice mi ronda de inspección olfativa, que es fundamental en estos casos.
Y entonces vino el momento peluquería. Resulta que María, en un ataque de valentía doméstica, se había cortado el pelo ella sola con tijeras de cocina. El resultado era… creativo. Tito Joan, peluquero de alta categoría y salvador de causas capilares perdidas, no pudo mirar hacia otro lado. Sacó máquina y tijeras y, con mucha paciencia y aún más diplomacia, le hizo un apaño digno. No milagroso, pero sí humano.
Allí también estaba Dylan, el perro de María y Jan. Un löwchen joven, nervioso, intenso, cachondo y con energía para tres barrios. Yo, que ya tengo una edad y una dignidad, lo miré con cara de "tranquilo chaval, respira". Sorprendentemente nos llevamos más o menos bien. Él saltaba, yo pensaba. Equilibrio natural.
Después de un par de horas de historias y risas, nos despedimos y volvimos a la carretera. En coche hasta Bormujos, compras rápidas en Lidl, de esas que parecen rápidas y nunca lo son. Luego a un aparcamiento de tierra en el campo, entre Gines y Espartinas. Comimos en la camper, en modo pausa vital.
Antes de las seis volvimos a Tomares porque Tito Joan quería ir a una peluquería para cortarse el pelo y arreglar la barba. No fue fácil encontrar hueco, pero al final sí. Salió bastante bien, que es el máximo nivel de satisfacción masculina en estos casos.
Después quedamos con Tito Miguel y Tita Mariola en un bar cerca de su casa. Charla tranquila, risas suaves, ese tipo de encuentro que no necesita fuegos artificiales para ser bueno. Pasadas las diez nos despedimos y volvimos en coche al mismo sitio donde habíamos estado a mediodía.
No es bonito. Es más bien sucio. Hay pañuelos como para parar un tren y la carretera de al lado trae camiones de basura con entusiasmo nocturno. Pero sirve. Y cuando un sitio sirve, ya es mucho. Aquí estamos, con la camper cerrada, el día doblado y yo escribiendo mientras los humanos bostezan.
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