Dag 221:

 

Nava de Roa – Ágreda

Entre cerdos en llamas, buitres curiosos y calorcito sobre ruedas

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Pasamos la noche calentitos como croquetas bien hechas. Fuera hacía un frío serio, de los que crujen, pero la calefacción de la cámper volvió a demostrar que es uno de los grandes inventos de la humanidad, justo después del sofá y antes del jamón. Dormí del tirón y solo abrí un ojo para comprobar que todo seguía en su sitio.

Salimos un poco pasadas las once y, una hora más tarde, aparcamos en El Burgo de Osma. Es un pueblo elegante, de esos que no necesitan gritar para llamar la atención. Muy cuidado, con mucha piedra bien puesta, historia por todas partes y un aire tranquilo que invita a pasear sin prisa. Aquí fue sede episcopal durante siglos y eso se nota. La catedral manda, el casco histórico está bien conservado y todo tiene ese punto serio pero agradable.

Nada más llegar nos topamos con una demostración de la matanza del cerdo. El animal ya estaba muerto, aviso importante para sensibles y para mí, que tengo imaginación potente. Aun así, ver cómo lo chamuscan para quitarle los pelos y lo limpian allí mismo, con fuego y cuchillos, impresiona. El cerdo en llamas no es una imagen fácil de procesar si no estás acostumbrado. Yo miraba con cara de “esto no venía en el folleto”, mientras los humanos observaban con interés antropológico. Tradición pura, sí, pero un poco intensa para antes del aperitivo.

Después dimos un paseo corto por el pueblo. Pasamos por la Plaza Mayor, donde está la Casa Consistorial, todo muy recogido y armonioso, y luego llegamos a la plaza de la catedral, que es amplia y muy bonita, presidida por la Catedral de Santa María de la Asunción, enorme y solemne. Aquí vino el momentazo del día. Tito Joan y Papi Edu entraron en la tienda de la catedral con la excusa perfecta: fingir querer comprar algo y usar el baño. El pipí fue rápido y eficaz. La reacción de la señora de la tienda no tanto. Montó un pequeño espectáculo, gritando entre los clientes que el baño era solo para clientes. Detalle sin importancia porque, técnicamente, el servicio ya estaba usado. Nos fuimos con los deberes hechos y deseándole mucha felicidad a la señora en su tienda y en su vida en general.

De nuevo en el coche, pusimos rumbo norte hacia el Parque Natural del Cañón del Río Lobos. Este parque es una joya natural entre Soria y Burgos, un cañón profundo excavado por el río Lobos, con paredes de roca caliza, buitres leonados, águilas y mucho silencio. Es uno de esos sitios donde la naturaleza manda y tú solo puedes mirar y callarte un poco.

Había nieve. No un montón exagerado, pero lo suficiente para que todo estuviera blanco y precioso. Con el coche entramos por el cañón hasta el aparcamiento del final, donde está la ermita de San Bartolomé, aunque esta vez no la vimos porque el tiempo no acompañaba nada. Hacía un frío tremendo, de los que te hacen replantearte la vida y los paseos largos.

Subimos luego al Mirador de la Galiana. Arriba el viento era brutal. Pisábamos nieve y parecía que alguien había puesto el ventilador gigante al máximo. Las vistas, eso sí, espectaculares. El cañón se veía imponente desde arriba y había bastantes aves rapaces planeando sobre nuestras cabezas. Buitres sobrevolando en círculos. Yo caminaba digno, pero con la sensación clara de ser observado como posible snack ambulante. No me gustó nada esa parte.

Seguimos unos 20 minutos en coche y aparcamos en un área de picnic cerca del Bosque Mágico de la Fuente del Pino. Comimos y descansamos en la cámper, que siempre sienta bien después de tanto aire frío. Aprovechamos para coger agua de una fuente que ponía “potable”. El cartel lo decía claro. El color del agua decía otra cosa. Digamos que llenamos el depósito con fe y esperanza.

Luego tocó carretera otra vez. 50 kilómetros hasta Soria. Allí repostamos GLP en Moeve. Dos meses de cocinar y agua caliente por once euros. Yo no entiendo de números, pero por las sonrisas deduje que eso es un chollo. Después diésel en Petroprix, más barato, que también pone contentos a los humanos.

Y finalmente 60 kilómetros más hasta Ágreda. Llegamos sobre las seis a un área de autocaravanas donde no hay nadie más. Bastante protegida del viento, cosa que se agradece mucho hoy. Fuera hace un frío que corta, dentro estamos calentitos. Calefacción, cena tranquila, película y yo ya enroscado en mi canasta, pensando que hoy ha sido un día largo, intenso y con demasiados buitres para mi gusto. Pero todo en orden. Mañana, más.

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